Hay fechas que en Puebla adquireren una dimensión especial; días en los que la historia, el arte, la gastronomía, la memoria y la leyenda terminan sentándose a la misma mesa. El 28 de agosto es uno de ellos.
Hoy es el día de San Agustín de Hipona y aunque para muchos la fecha remita inmediatamente a la muy poblana costumbre de comer chiles en nogada; detrás del santoral y la gastronomía existe una historia mucho más profunda: Agustín no es solamente uno de los grandes pensadores del cristianismo occidental, es también una figura cuya obra moldeó durante siglos nuestra manera de pensar conceptos como el conocimiento, la conversión, el amor, la memoria, el tiempo, la muerte y la trascendencia.
Agustín nació en Tagaste, en el norte de África, en el año 354. Su biografía resulta particularmente atractiva porque está muy lejos del modelo de santo cuya existencia parece predestinada desde la infancia. Antes de convertirse en obispo de Hipona buscó respuestas no sólo en la filosofía, el maniqueísmo y la retórica, sino en la propia experiencia del mundo. De esa búsqueda surgirían las Confesiones, una de las obras autobiográficas más importantes de Occidente; y La ciudad de Dios, cuya influencia trascendió el ámbito estrictamente religioso.
También su iconografía es también extraordinariamente rica: aparece como obispo, Doctor de la Iglesia, escritor y visionario. Lo vemos con mitra, báculo y libros, pero también con el corazón inflamado por el amor divino. El corazón agustiniano habla así del conocimiento entendido como experiencia interior; de una verdad que transforma a quien la encuentra.
Aquí, Puebla tiene mucho que decir. La presencia de las órdenes religiosas en la construcción de la ciudad novohispana no debe comprenderse únicamente como una historia de evangelización. Los conventos fueron también espacios de producción artística, circulación de libros, educación, música, arquitectura y, sí, también de gastronomía. De esta manera, la tradición agustiniana dejó en Puebla un patrimonio material e intelectual que todavía podemos recorrer y experimetar.
Basta pensar en la Biblioteca Palafoxiana. Entre los tesoros de su extraordinario fondo antiguo se conserva una edición incunable de La ciudad de Dios, impresa en 1475. No es un dato menor: uno de los textos fundamentales del pensamiento occidental terminó formando parte de una biblioteca novohispana concebida para poner el conocimiento al alcance de quienes quisieran estudiarlo. La presencia de Agustín en la Palafoxiana es, por ello, particularmente significativa: allí permanece como autor y constructor de una manera de pensar la historia, la memoria y la condición humana.
A unos pasos, en el antiguo convento de Santa Mónica, ese mismo Agustín abandona las páginas y se convierte en imagen. Allí se conserva un conjunto pictórico dedicado a episodios de su vida realizado por Miguel Jerónimo Zendejas, uno de los pintores poblanos más importantes de la segunda mitad del siglo XVIII. Sus pinturas permiten comprender algo fundamental en el arte virreinal: aquellas imágenes no fueron concebidas simplemente para decorar paredes; eran instrumentos para mirar, recordar, meditar y construir una experiencia religiosa.
Entre la Palafoxiana y Santa Mónica nos encontramos con dos formas distintas de conservar una misma tradición: Agustín como palabra y Agustín como imagen.
Y entonces llegamos inevitablemente al chile en nogada. La tradición cuenta que las religiosas agustinas de Santa Mónica prepararon el platillo para Agustín de Iturbide durante su paso por Puebla en 1821, aprovechando que el 28 de agosto era el día de su santo. La historia es irresistible: las monjas, el héroe llamado Agustín, los colores trigarantes y una ciudad celebrando el nacimiento de una nueva nación.
El problema es que, como suele ocurrir con las mejores historias, la documentación no siempre resulta tan complaciente. Los antecedentes culinarios del platillo y las distintas versiones acerca de la visita de Iturbide, obligan a tratar aquella escena más como una tradición construida posteriormente que como un episodio cuya historicidad pueda demostrarse sin reservas. Pero ello no significa que debamos desechar la leyenda. Porque si bien la historia exige documentos, fechas, fuentes y evidencias; el patrimonio y la identidad cultural también se construye con memoria, transmisión oral, apropiaciones y relatos compartidos.
Hoy podemos recorrer el antiguo convento de Santa Mónica y contemplar las pinturas de Zendejas; encontrar el pensamiento de Agustín entre los libros de la Biblioteca Palafoxiana y terminar sentándonos frente a un chile en nogada. Libros, pinturas, arquitectura y cocina. Parecerían patrimonios distintos, pero todos hablan de la capacidad de una ciudad para acumular significados.
En el libro X de sus Confesiones, Agustín imaginó la memoria como un territorio poblado por las imágenes de aquello que hemos experimentado, conocido y vivido, aún cuando el tiempo haya pasado.
Tal vez las ciudades funcionen de manera semejante. Puebla también tiene sus territorios de la memoria. Algunos tienen estanterías de madera y libros del siglo XV; otros tienen claustros, pinturas y corazones atravesados por flechas; y algunos más, afortunadamente, todavía pueden comerse cubiertos de nogada, perejil y granada.
Todos ellos nos recuerdan que el patrimonio no es solamente aquello que conservamos del pasado. Es aquello que, cada vez que volvemos a mirarlo, hace que el pasado siga significando algo en el presente.
Ana Martha Hernández Castillo
Historiadora del arte y doctora en estudios históricos. Docente e investigadora de temas culturales y artísticos de la ciudad de Puebla. Gestora de proyectos culturales en el ámbito público y privado

