Durante las últimas semanas, emprendí una pequeña peregrinación por los templos de Puebla. No buscaba indulgencias ni milagros; buscaba pinturas. Como parte de la preparación de un curso sobre los pintores barrocos poblanos, recorrí iglesias, sacristías y capillas tras las huellas de Villalobos, Rodríguez Carnero, Zendejas, Magón, los Talavera y otros artistas que, pincel en mano, ayudaron a construir el imaginario visual de esta ciudad.
Lo que encontré fue una realidad tan fascinante como preocupante: obras maestras ocultas tras puertas cerradas, lienzos oscurecidos por el tiempo, deformados por la humedad y espacios donde el patrimonio parece sobrevivir más por fortuna que por una estrategia clara de conservación.
Ustedes dirán “las iglesias no son museos”. Y es cierto. No fueron creadas para exhibir arte, sino para propiciar experiencias espirituales. Sus pinturas no nacieron como piezas de colección; fueron instrumentos de enseñanza, devoción y construcción simbólica de la fe. Pero tampoco podemos ignorar que, con el paso de los siglos, esos mismos objetos adquirieron otra dimensión.

Una pintura de Zendejas, Magón o los Talavera ya no es solamente una imagen religiosa. Es también un documento histórico, una obra artística, una fuente para comprender la sociedad novohispana y una pieza fundamental de la identidad poblana. El conflicto aparece cuando seguimos administrando estos bienes exclusivamente como objetos de culto mientras exigimos que sobrevivan como patrimonio cultural.
Puebla presume su riqueza barroca en folletos turísticos, campañas institucionales y discursos oficiales. Sin embargo, gran parte de las obras que justifican ese prestigio permanecen sin inventarios actualizados, sin estudios recientes, sin programas permanentes de conservación y, en muchos casos, sin condiciones adecuadas para su preservación.
Hablamos también de la poca accesibilidad para quien intenta estudiar, documentar o simplemente contemplar con detenimiento estas obras. Me sucedió en la Capilla del Rosario, uno de los espacios más celebrados de Puebla; reconocida internacionalmente como una de las grandes joyas del barroco americano. Intenté tres veces, en tres diferentes días, ingresar para tomar fotografías de las obras de Rodríguez Carnero: el primer día no pude acceder porque habría una ceremonia; de acuerdo, hay que respetar el espacio de culto; pero los otros dos días, en horarios de visita; una persona, apostada en la reja de acceso al atrio, simplemente impidió el acceso al templo -no sólo a mi sino a grupos de visitantes y turistas- sin mayores expliaciones, simplemente no se os permitió pasar.7

¿De quién es la responsabilidad? La respuesta fácil sería decir que es de la Iglesia.Pero tampoco es tan sencillo.Las parroquias suelen tener recursos limitados y prioridades pastorales urgentes.Por otro lado,las instituciones federales enfrentan presupuestos insuficientes;las universidades investigan, pero pocas veces cuentan con capacidad operativa para intervenir; y la sociedad civil suele asumir que alguien más se está ocupando del problema. Al final, todos consideran valioso el patrimonio pero nadie termina siendo completamente responsable de él.
Conforme se acerca el quinto centenario de la fundación de la ciudad, abundan las discusiones sobre celebraciones, proyectos urbanos y nuevas narrativas de identidad. Sin embargo, quizá una de las preguntas más urgentes sea mucho más simple: cuando Puebla celebre sus quinientos años, ¿cuántas de las obras que hoy cuelgan silenciosamente en sus templos seguirán ahí para contarnos quiénes fuimos? La respuesta no depende únicamente de sacerdotes, restauradores o autoridades culturales. Depende de todos aquellos que seguimos creyendo que el patrimonio es algo más que un atractivo turístico.
Mientras millones de pesos se destinan a exposiciones temporales, festivales culturales y eventos conmemorativos, una parte importante del patrimonio artístico que dio fama a la ciudad permanece fuera del radar público, colgado en muros que se humedecen, detrás de rejas cerradas o en espacios donde la conservación depende más de la buena voluntad que de una política sostenida.

Es cierto. Las iglesias no son -y nunca fueron- museos. Tampoco deberían convertirse en ellos. Pero los tesoros que guardan tampoco son eternos. Si queremos que sigan siendo espacios vivos de fe, memoria e identidad, necesitamos reconocer que resguardan un patrimonio que trasciende a sus comunidades religiosas. Los lienzos de Zendejas, los ciclos pictóricos de Rodríguez Carnero o las obras de Magón no pertenecen únicamente a los muros que los contienen; forman parte de una historia compartida. Y toda historia compartida implica también una responsabilidad compartida.
Conforme se acerca el quinto centenario de Puebla, abundarán los discursos, las conmemoraciones y los proyectos para recordar nuestra historia. Sin embargo, ninguna celebración tendrá verdadero sentido si no somos capaces de cuidar aquello que la hace visible. Los templos, sus pinturas y sus objetos devocionales han sobrevivido guerras, epidemias, reformas y cambios de época. Que también sobrevivan al siglo XXI dependerá de algo tan simple y tan complejo como la voluntad de una sociedad para reconocer que su patrimonio es una responsabilidad compartida y no una tarea que siempre corresponde a alguien más.
Porque el patrimonio es, en el fondo, un pacto entre generaciones: recibimos algo que no nos pertenece por completo y tenemos la obligación de entregarlo vivo a quienes vendrán después.

Ana Martha Hernández Castillo
Historiadora del arte y doctora en estudios históricos. Docente e investigadora de temas culturales y artísticos de la ciudad de Puebla. Gestora de proyectos culturales en el ámbito público y privado

