domingo, agosto 16, 2026

Las licencias del olvido

Las discusiones en torno a La Odisea han girado entre quienes celebran las “licencias creativas” y quienes exigen fidelidad absoluta a la obra. Ninguno de los extremos resulta aplicable.

Lo confieso, me subí al tren. Las redes sociales, llenas de opiniones, memes, defensas apasionadas y críticas furiosas sobre la película La Odisea de Christopher Nolan me obligaron a verla para formarme una opinión propia.

Fui, con la expectativa de quien ha dedicado demasiados años a Homero, a la mitología griega y a la historia de las imágenes. Mi conclusión es que la película no es mala, pero me dejó una sensación extraña, no por lo que mostraba, sino por todo aquello que decidió omitir.

Quizá la polémica no debería formarse en tormo a la película en si misma, sino a la facilidad con la que nuestra época confunde reinterpretar el pasado con simplificarlo. Cuando una sociedad empieza a creer que cualquier símbolo puede simplificarse sin consecuencias, lo que está perdiendo no es una historia, sino la capacidad de comprender su pasado.

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Cada generación cree haber descubierto a Homero. Es una ilusión comprensible, las grandes historias sobreviven precisamente porque admiten nuevas lecturas. Nadie espera que una adaptación cinematográfica sea una reproducción literal del texto original; sería tan absurdo como exigir que una representación de Hamlet se hiciera exactamente igual que en el siglo XVII. Adaptar implica interpretar. El problema aparece cuando interpretar se confunde con simplificar.

Las discusiones en torno a La Odisea han girado entre quienes celebran las “licencias creativas” y quienes exigen fidelidad absoluta a la obra. Ninguno de los extremos resulta aplicable. Lo verdaderamente relevante es preguntarnos qué sucede cuando una adaptación modifica precisamente aquello que sostenía el significado profundo del relato original.

El ejemplo más evidente en la película es la ausencia del célebre momento en que Odiseo responde al Cíclope que su nombre es “Nadie”. A primera vista parecería una escena prescindible, una aventura más dentro del largo viaje de regreso a Ítaca. Sin embargo, es justamente ahí donde se define la naturaleza del héroe. Odiseo no vence porque sea el más fuerte; vence porque comprende que la inteligencia puede derrotar a la violencia. Es el instante en que el héroe deja de representar la fuerza física y comienza a encarnar el ingenio, la estrategia y la palabra. Suprimir ese episodio no modifica únicamente la trama: transforma el arquetipo.

Tal vez el meollo del ausunto es que hemos olvidado cómo funcionaban estos relatos. La Odisea no nació como un relato destinado a la lectura silenciosa e individual, fue concebido como un poema para ser cantado en público. Cada episodio tenía una función dentro de una narrativa cuidadosamente construida para transmitir la visión del mundo de una sociedad. Nada estaba colocado al azar: los monstruos, los dioses, las pruebas y las islas no eran simples obstáculos para mantener entretenido al público; eran símbolos destinados a explicar la condición humana.

Esta pérdida del pensamiento simbólico trasciende el cine. Se ha convertido en una característica de nuestra época. Parecemos sentir una necesidad constante de traducir todo al lenguaje de lo inmediato, de lo explícito y de lo fácilmente consumible. Los símbolos incomodan porque exigen interpretación; los mitos desesperan porque no ofrecen respuestas unívocas. Preferimos que todo sea explicado antes que comprendido.

Paradójicamente, eso mismo ocurre con nuestro patrimonio cultural. Con frecuencia restauramos edificios sin comprender las ideas que los hicieron posibles. Conservamos fachadas mientras olvidamos los relatos que les daban sentido. Visitamos museos buscando spots para tomarnos fotografías en lugar de buscar significados. Convertimos la memoria en escenografía.

El patrimonio nunca ha consistido únicamente conservar piedras antiguas, su verdadera función es mantener vivos los sistemas simbólicos que permitieron a otras generaciones comprender el mundo. Cuando esos símbolos desaparecen o se simplifican hasta volverse irreconocibles, no sólo perdemos una historia: perdemos una manera de pensar.

Quizá por eso las llamadas “licencias creativas” merecen una discusión más profunda que la de un simple desacuerdo entre cinéfilos. Cada vez que una obra elimina aquello que la convertía en un símbolo para volverla únicamente un espectáculo, algo se rompe en nuestra relación con el pasado. No porque el pasado sea intocable, sino porque deja de interpelarnos.

El fondo de todo ésto no es que hoy Christopher Nolan haya alterado a Homero; es que llevamos décadas haciendo exactamente lo mismo con nuestro propio patrimonio: conservamos la apariencia de las cosas mientras reescribimos, simplificamos o simplemente olvidamos las historias que les daban sentido. Y cuando un pueblo pierde sus símbolos, tarde o temprano termina perdiendo también la capacidad de reconocerse en ellos.

Ana Martha Hernández Castillo
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Historiadora del arte y doctora en estudios históricos. Docente e investigadora de temas culturales y artísticos de la ciudad de Puebla. Gestora de proyectos culturales en el ámbito público y privado

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