Hay una Puebla que todos conocemos: la de las cúpulas recubiertas de talavera, los campanarios que dibujan el horizonte y las calles que recorremos todos los días; pero existe otra, una que ya no puede verse y que, sin embargo, sigue ahí; una Puebla hecha de edificios desaparecidos, conventos demolidos, plazas transformadas, fuentes enterradas y espacios cuya memoria persiste apenas en los nombres de una calle o en una fotografía amarillenta.
Caminar por el Centro Histórico de nuestra ciudad es, en realidad, caminar sobre varias ciudades superpuestas. Debajo de la Puebla contemporánea sobreviven las huellas de una ciudad virreinal mucho más compleja de lo que imaginamos. Una ciudad donde los conventos ocupaban extensas manzanas, donde los atrios funcionaban como espacios públicos y donde la vida cotidiana estaba marcada por una geografía urbana que hoy resulta difícil de reconstruir a simple vista.
Durante siglos, Puebla fue una de las ciudades conventuales más importantes de la Nueva España. Los enormes conjuntos de franciscanos, dominicos, agustinos, carmelitas, mercedarios y numerosas órdenes femeninas no eran únicamente edificios religiosos. Eran centros educativos, asistenciales, económicos y culturales. Sus muros definían calles enteras y organizaban buena parte de la vida urbana.
Sin embargo, el siglo XIX transformó radicalmente ese paisaje. Las Leyes de Reforma impulsadas por el gobierno liberal provocaron la exclaustración de las órdenes religiosas y la nacionalización de los bienes del clero. Muchos conventos fueron fragmentados, vendidos, reutilizados o demolidos. Lo que durante tres siglos había parecido permanente desapareció en apenas unas décadas.
Al recorrer hoy algunas zonas del Centro resulta difícil imaginar que donde existen estacionamientos, oficinas o edificios modernos se levantaron alguna vez complejos conventuales de enormes dimensiones. Pocos recuerdan que el antiguo convento de San Francisco llegó a ocupar una extensión muy superior a la que hoy conocemos; que el convento de La Merced fue uno de los complejos religiosos más importantes de la ciudad; o que espacios como Santa Teresa, Santa Inés y Santa Catarina sufrieron procesos de fragmentación que modificaron para siempre la lectura de sus conjuntos originales.
Pero la desaparición no afectó únicamente a los edificios religiosos. La modernización también modificó plazas, jardines, mercados, puentes y espacios públicos. Quizá uno de los casos más emblemáticos sea el río San Francisco. Durante siglos fue un elemento fundamental para comprender la estructura de Puebla. Marcó límites urbanos, impulsó actividades económicas y definió la vida cotidiana de generaciones enteras. Hoy, entubado a finales de 1963 y convertido en una vialidad en la década de los 70´s del siglo pasado, provee una vista que hace difícil para muchos poblanos imaginar que bajo el asfalto corre todavía el cauce que ayudó a dar forma a la ciudad. La desaparición física del paisaje no borró su importancia histórica, pero sí volvió más difícil reconocerla.
También están las pérdidas menos evidentes. Las casas señoriales transformadas en estacionamientos, las fachadas mutiladas para adaptar comercios, los patios subdivididos y las antiguas huertas conventuales absorbidas por el crecimiento urbano. Son cambios que ocurrieron poco a poco y que rara vez generan titulares, pero que terminan alterando profundamente el carácter histórico de una ciudad.
Cada generación de poblanos ha heredado una ciudad distinta y, al mismo tiempo, ha contribuido a borrar fragmentos de las anteriores. En ocasiones esas transformaciones respondieron a necesidades legítimas de crecimiento urbano; en otras, fueron consecuencia de una idea de progreso que veía en el pasado un obstáculo más que un patrimonio.
Paradójicamente, aquello que desaparece no siempre deja de existir. Los historiadores solemos hablar de las fuentes documentales como herramientas para reconstruir el pasado, pero las ciudades también son archivos. Cada calle conserva capas de tiempo que pueden leerse si aprendemos a observarlas. Los edificios ausentes continúan influyendo en la forma en que habitamos la ciudad. Permanecen en los trazos de las calles, en los nombres de los barrios, en la memoria de las familias; .a veces sobreviven en un muro oculto detrás de una construcción más reciente o en una portada reutilizada que pasa desapercibida para quienes transitan frente a ella todos los días.
Quizá por eso el patrimonio no debería entenderse únicamente como aquello que se conserva materialmente. También forman parte de él las ausencias. Los edificios perdidos, los espacios transformados y las memorias fragmentadas nos ayudan a comprender quiénes fuimos y cómo llegamos a ser la ciudad que hoy habitamos.
Esta reflexión cobra especial relevancia si consideramos que Puebla se aproxima a una fecha histórica de enorme trascendencia. En 2031 la ciudad cumplirá quinientos años de su fundación. Medio milenio de historia urbana, cultural, artística y social que la convierten en una de las ciudades más importantes del continente americano.
Cinco años pueden parecer mucho tiempo, pero en términos de planeación patrimonial representan apenas un instante. Las grandes conmemoraciones internacionales suelen prepararse con años de anticipación mediante proyectos de investigación, restauración, recuperación de espacios públicos, publicaciones, programas educativos y estrategias de participación ciudadana. Son oportunidades excepcionales para preguntarse qué ciudad queremos celebrar y qué legado deseamos dejar a las generaciones futuras.
Sin embargo, resulta difícil identificar hoy una agenda pública clara orientada hacia esa conmemoración. Más allá de esfuerzos aislados de investigadores, gestores culturales y algunos colectivos ciudadanos, no parece existir todavía una discusión amplia sobre el significado de llegar a los quinientos años de historia. Y quizá eso debería preocuparnos más que la falta de festejos. Porque una celebración de esta magnitud no se construye con eventos de última hora, sino con una visión de largo plazo capaz de articular memoria, patrimonio e identidad.
La pregunta entonces no es únicamente cómo celebraremos el aniversario de Puebla en 2031. La pregunta es qué ciudad llegaremos a celebrar. Si la Puebla visible ya enfrenta desafíos importantes de conservación, la Puebla invisible -la de los edificios desaparecidos, los paisajes perdidos y las memorias fragmentadas- corre el riesgo de alejarse cada vez más de nuestra conciencia colectiva. Tal vez aún estamos a tiempo de convertir los próximos años en una oportunidad para redescubrirla. Porque una ciudad no se define solamente por lo que construye, sino también por aquello que decide recordar.
Ana Martha Hernández Castillo
Historiadora del arte y doctora en estudios históricos. Docente e investigadora de temas culturales y artísticos de la ciudad de Puebla. Gestora de proyectos culturales en el ámbito público y privado

