Hay un momento muy preciso en la memoria de varias generaciones de poblanos en el que la Feria de Puebla no era sólo un evento, sino una promesa; promesa de luces que parecían más intensas de lo que realmente eran, de juegos que daban vértigo, de premios que nunca se ganaban, de puestos de comida, de manos que no soltaban la nuestra entre la multitud. Era, sin saberlo, una forma de felicidad que no necesitaba explicarse.
Para muchos que pasamos por el Centro Escolar Niños Héroes de Chapultepec (CENHCH), el 5 de mayo no terminaba con el desfile; apenas empezaba otra jornada igual de intensa, pero distinta. Después de kilómetros recorridos bajo el sol, con el uniforme todavía marcado por el esfuerzo y los pies reclamando descanso, la idea de la feria aparecía como una especie de recompensa no escrita. No importaba el cansancio ni la hora: había una energía extra, casi inexplicable, que nos empujaba a no irnos a casa todavía.
Era un ritual compartido. Ir a la feria después del desfile no solo era una salida, era una extensión de la experiencia colectiva: cambiar la formación por el desorden, la disciplina por la libertad, el paso firme por el deambular sin rumbo entre luces y ruido. Íbamos cansados, sí, pero también eufóricos, con esa mezcla de orgullo, agotamiento y emoción que solo se entiende en grupo. Hoy, visto a la distancia, ese tránsito -del desfile a la feria- dice mucho de una forma de vivir la ciudad que ya no se repite igual: más física, más compartida, más ingenuamente feliz.
La Feria no era perfecta. Nunca lo fue. Había polvo, filas interminables, juegos que rechinaban más de la cuenta y puestos donde uno intuía que iba a perder. Pero nada de eso importaba. Porque la feria no se medía en calidad ni en oferta, sino en intensidad. Y la intensidad, entonces, estaba intacta.
Aún hace no tantos años, cuando mi hijo era pequeño, la Feria de Puebla volvió a adquirir ese carácter de cita ineludible. No había discusión: había que ir, aunque implicara filas, tráfico o cansancio acumulado. Subirse a los juegos no era una opción, era el centro de todo; cada vuelta en la rueda, cada sacudida en los carros chocones, cada intento por alcanzar la altura mínima para el siguiente juego marcaba el ritmo de la visita. Yo lo acompañaba viendo en sus ojos la misma emoción que alguna vez fue mía, entendiendo que, aunque la feria ya no se viviera igual para mí, seguía siendo, para él, ese territorio intacto donde la felicidad no necesitaba explicación.
Pero con el tiempo, algo cambió. O tal vez todo. La Feria de Puebla creció, se modernizó, se volvió más espectacular. La promesa ya no fueron las luces, los puestos, los juegos… ahora eran mejores escenarios, más opciones, más logística y más seguridad. En muchos sentidos, se prometió una feria “mejor”. Y sin embargo, para muchos, ya no es la misma.
Hoy la conversación sobre la feria ya no empieza en la emoción, sino en la logística. En la cartelera de artistas -que entusiasma a unos y deja fríos a otros-; en el cálculo previo: en el precio de los boletos, en lo que cuesta comer, jugar, quedarse un rato más. Incluso antes de entrar, aparece la primera fricción: el tráfico, el estacionamiento, la espera. La experiencia comienza, muchas veces, con una pequeña -a veces no tan pequeña- dosis de desgaste.
Y esto no es menor. Porque esas capas -la economía, la movilidad, la programación- terminan moldeando la manera en la que se vive la feria. Antes, la feria no era contenido, era vivencia. No íbamos a consumir experiencias; íbamos a perdernos en ellas. No había prisa por “aprovechar” todo, ni necesidad de documentarlo. Hoy, en cambio, la recorremos con cierta distancia, de forma más selectiva, más pensada, menos espontánea. La feria ya no se atraviesa: se administra. Pero no porque haya perdido su esencia -que en buena medida sigue ahí-, sino porque nosotros dejamos de habitarla de la misma manera.
Desde luego que también cambió la ciudad. Puebla ya no es aquella que se desplazaba en bloque hacia la feria como uno de los grandes acontecimientos del año. Hoy la oferta cultural y de entretenimiento es más amplia y más constante, pero más fragmentada. La feria dejó de ser el único gran punto de encuentro para convertirse en uno más dentro de una agenda saturada… y, en muchos casos, competitiva.
Pero hay algo más profundo. La nostalgia que sentimos no es solamente por la feria que fue, sino por la versión de nosotros que la habitaba. Esa capacidad de asombro sin reservas, esa emoción desbordada por lo mínimo, esa sensación de que todo estaba por descubrirse.
Crecer también es aprender a recorrer los mismos lugares con otros ojos. O, dicho de otro modo, aceptar que hay experiencias que no se repiten no porque desaparezcan, sino porque nosotros -y nuestro entonto- cambiamos. Tal vez la Feria de Puebla no ha dejado de ser mágica. Tal vez la magia simplemente cambió de lugar.
Aun así, muchos poblanos cada año vuelven, no para encontrar la feria que recordamos, sino para confirmar que, en algún punto, fuimos parte de ella. A pesar del tráfico, de los precios, de las decisiones que hay que tomar antes de entrar. Caminan entre los mismos pasillos -o sus versiones renovadas-, escuchan la misma mezcla de música y ruido, ven a otros niños mirar con la misma fascinación que alguna vez tuvimos. Y por un instante, muy breve, algo se activa. No es exactamente felicidad. Tampoco es tristeza. Es una forma extraña de reconocimiento: la certeza de que ese lugar sigue existiendo, aunque ya no nos pertenezca del todo.
Ana Martha Hernández Castillo
Historiadora del arte y doctora en estudios históricos. Docente e investigadora de temas culturales y artísticos de la ciudad de Puebla. Gestora de proyectos culturales en el ámbito público y privado

