Hablar de la fundación de Puebla suele implicar una escena repetida: el sitio elegido por voluntad divina; el trazo perfecto por manos angélicas -según cuenta la leyenda-; una ciudad pensada como modelo … orden, armonía, ideal. Pero esa historia, repetida hasta el cansancio, dice más sobre lo que se quiso proyectar que sobre lo que realmente fue y, sobre todo, sobre lo que hoy es.
***
La Puebla de 1531 fue, ante todo, un proyecto pensado desde el poder; una ciudad diseñada como experimento social y urbano que no nació de manera espontánea ni orgánica, sino como una apuesta por imponer orden en un territorio en transformación. Su traza en damero, su aspiración de ciudad española sin encomenderos, su vocación de paso comercial entre Veracruz y la Ciudad de México; todo respondía a una lógica de control, de organización, de idealización.
Pero hoy, cinco siglos después, la pregunta es inevitable: ¿qué queda de ese proyecto de ciudad ideal?. Si bien sigue siendo, en muchos sentidos, una ciudad profundamente simbólica, con su centro histórico plagado de iglesias, conventos, casonas y retablos barrocos que hablan de un pasado que se preserva, se exhibe y, en ocasiones, se estetiza; su propia riqueza cultural y artística convive con una fractura evidente: una ciudad que posee una memoria histórica inmensa, pero que enfrenta dificultades para convertir esa memoria en experiencia cotidiana significativa en el presente.
Y en esa contradicción -entre lo que presume y lo que se habita- la ciudad parece dudar frente al futuro, sin terminar de decidir cómo convertirse en algo más que su propio reflejo.
El reciente festival Glow – nacido en Eindhoven, Paises Bajos- irrumpe en el corazón de Puebla como una representación de esa paradoja: la ciudad de Puebla, hoy, brilla hacia afuera mientras busca -no siempre con éxito- iluminar su propia vida interna. Entre fachadas históricas convertidas en lienzos luminosos y calles que se vuelven espectáculo, la pregunta ya no es sólo qué queda de aquel experimento social novohispano, sino para quién se enciende hoy. Porque en esa tensión entre el origen ideal y la ciudad-espectáculo contemporánea se juega algo más profundo: la capacidad de que el arte y la cultura no sean sólo destellos momentáneos, sino formas reales de habitar, pertenecer y construir la ciudad.
La vida cultural en la Puebla de hoy demuestra esta tensión: lo que se muestra se vuelve más importante que lo que se vive; la experiencia urbana se diseña más para el visitante que para el habitante; la cultura se convierte en un dispositivo de atracción, más que en un ejercicio de construcción social.
La Puebla de hoy ha apostado, en buena medida, por una cultura visible:eventos, recorridos nocturnos, festivales, activaciones. Una ciudad que parece siempre en exhibición. Si bien esa visibilidad genera economía, posicionamiento, flujo turístico, también produce una pregunta inevitable: ¿quién está siendo incluido en esa narrativa cultural? Mientras el centro histórico brilla y se consolida como vitrina, las periferias se mantienen en la oscuridad y el silencio. Barrios sin infraestructura cultural, sin espacios de mediación, sin acceso real a la vida cultural que se promociona. Una ciudad fragmentada, donde el patrimonio se concentra y la experiencia cultural se distribuye de manera desigual.
Ahí es donde la fundación deja de ser pasado y se vuelve presente. Porque cada decisión urbana -qué se restaura, qué se ilumina, qué se promociona, qué se ignora- es, en el fondo, un acto fundacional. Es elegir qué ciudad se quiere construir y para quién. Y en ese sentido, Puebla parece debatirse entre dos modelos: la ciudad que se conserva para ser admirada y la ciudad que se transforma para ser habitada.
El problema es cuando ambos modelos dejan de dialogar. Cuando el patrimonio se vuelve intocable, pero también inaccesible. Cuando la ciudad se vuelve más eficiente para atraer miradas que para generar pertenencia. Cuando la cultura se institucionaliza en exceso, corriendo el riesgo de volverse distante para sus propios habitantes. Se convierte en algo que se contempla, pero no se habita. Algo que se admira, pero no se cuestiona. Algo que se conserva, pero no se resignifica.
En este contexto, tal vez el mayor riesgo para Puebla no sea perder su historia, sino quedarse atrapada en ella y, el verdadero desafío, es como actualizarla sin perder su escencia. Cada generación tiene la responsabilidad -y la oportunidad- de volver a fundar Puebla. No desde los ángeles ni desde el damero, sino desde la vida cotidiana.
Por más incómodo que parezca, es necesario que las autoridades y la sociedad nos propongamos contestar con sinceridad preguntas como ¿el centro histórico es un espacio vivo o un decorado bien mantenido?; ¿la oferta cultural genera comunidad o solo circulación?; ¿la identidad poblana se está fortaleciendo o se está simplificando para consumo externo?. Sólo cuando dejemos de responder desde la imagen y empecemos a responder desde la experiencia real, Puebla podrá decidir si quiere seguir siendo escenario… o convertirse, por fin, en una ciudad viva y vivida.
La fundación de Puebla, vista desde hoy, no es un hecho cerrado. Es un proceso en disputa. Debemos entender que fundar nuestra ciudad hoy no es trazar calles, sino abrir posibilidades. No es repetir discursos, sino permitir nuevas voces. No es solo atraer turismo, sino generar arraigo. Porque una ciudad que solo se muestra, pero no se vive, termina vaciándose de sentido.
Al final, quizá Puebla no necesite más luces, sino más profundidad. Porque entre el mito de su fundación -ordenada, perfecta, casi celestial- y el brillo contemporáneo de festivales como Glow, la ciudad corre el riesgo de confundirse a sí misma: de creer que iluminar es lo mismo que habitar. Y no lo es. Una ciudad no se sostiene por lo que deslumbra, sino por lo que arraiga. Por eso, más allá de fachadas encendidas y relatos repetidos, el verdadero desafío sigue siendo el mismo desde hace cinco siglos: Puebla debe dejar de fundarse para ser mirada y debe comienzar, de una vez por todas, a fundarse para generar pertenencia.
Ana Martha Hernández Castillo
Historiadora del arte y doctora en estudios históricos. Docente e investigadora de temas culturales y artísticos de la ciudad de Puebla. Gestora de proyectos culturales en el ámbito público y privado

