Hay ciudades que se reconocen por su arquitectura, otras por su gastronomía y algunas por sus monumentos. Pero existen ciudades cuya verdadera identidad permanece escondida en algo mucho más difícil de registrar: sus sonidos cotidianos. Puebla pertenece a esa categoría. Antes incluso de mirar sus iglesias o sus calles antiguas, la ciudad podía reconocerse por el repique de las campanas en distintos horarios, por los pregones que atravesaban los barrios, por el ruido de los mercados al amanecer, por las conversaciones abiertas hacia la calle desde las vecindades o por la música que aparecía inesperadamente en ciertos rincones de la ciudad. Durante mucho tiempo, Puebla no solamente tuvo una imagen reconocible; también tuvo una manera particular de escucharse.
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Solemos hablar de nuestro Centro Histórico como si se tratara de una sola entidad uniforme: una sucesión de iglesias, fachadas barrocas, cúpulas, vitrales y calles perfectamente reconocibles para la fotografía turística. Sin embargo, la ciudad histórica nunca fue homogénea. Puebla estuvo hecha -y en muchos sentidos todavía lo está- de barrios con identidad propia, ritmos distintos y formas particulares de habitar la ciudad.
Durante siglos, barrios como El Alto, Analco, Xanenetla, La Luz o San Antonio no fueron únicamente divisiones urbanas. Fueron espacios donde se construyó la vida cotidiana de Puebla: lugares donde convivían los oficios, los mercados, las cocinas populares, las festividades religiosas, la música y las dinámicas comunitarias que terminaron por darle carácter a la ciudad mucho antes de que existiera la idea del “Centro Histórico” como marca cultural o turística.
Quizá por eso resulta inevitable preguntarse qué ocurre cuando una ciudad comienza a preocuparse más por la conservación de sus edificios que por las formas de vida que históricamente les dieron sentido.
En las últimas décadas Puebla ha invertido enormes esfuerzos en la recuperación de imagen urbana, la promoción turística y la organización de eventos culturales. Y aunque muchas de esas acciones han sido necesarias, también han evidenciado una contradicción incómoda: muchas veces resulta más sencillo restaurar fachadas que conservar las dinámicas sociales y culturales que mantienen vivos a los barrios históricos.
Porque una ciudad no comienza a deteriorarse únicamente cuando colapsa un inmueble. A veces el desgaste aparece antes, de manera silenciosa: cuando desaparecen los comercios tradicionales, cuando las familias abandonan los barrios, cuando la vida comunitaria se fragmenta o cuando ciertos espacios dejan de ser lugares habitados para convertirse únicamente en escenarios de paso.
Tal vez una de las formas más profundas de entender esa transformación sea a través del sonido.
Las ciudades también construyen memoria desde lo que se escucha cotidianamente. El pregón de los vendedores, las campanas de las iglesias, los organilleros, los mercados abriendo por la mañana, los talleres trabajando detrás de las vecindades, las conversaciones que se escapan hacia la calle al caer la tarde, los músicos populares o incluso el eco particular de ciertas calles durante la noche forman parte de una identidad colectiva que rara vez aparece en los discursos oficiales sobre patrimonio.
Durante generaciones, los barrios históricos de Puebla desarrollaron paisajes sonoros propios. Cada barrio tenía una manera distinta de escucharse y, en consecuencia, también de sentirse. El problema es que la modernización urbana suele entender el ruido únicamente como algo que debe controlarse, sin distinguir entre contaminación auditiva y memoria sonora.
Y quizá ahí exista una de las pérdidas más profundas de las ciudades contemporáneas: la desaparición paulatina de los sonidos que ayudaban a construir arraigo.
Hoy muchas ciudades se parecen entre sí no solamente por su arquitectura comercial o por sus cadenas internacionales, sino porque han comenzado a sonar igual. El tráfico permanente, los anuncios estridentes, los espacios vacíos y la velocidad cotidiana terminan sustituyendo lentamente las pequeñas identidades acústicas que daban personalidad a los barrios.
Por eso espacios como El Alto siguen teniendo una relevancia cultural difícil de explicar únicamente desde la arquitectura. Porque todavía conservan algo cada vez más escaso: una identidad sonora reconocible que continúa habitando las calles del barrio.
No se trata solamente del mariachi como espectáculo o atractivo turístico. Se trata de una memoria acústica colectiva construida durante décadas entre fondas, mercados, celebraciones familiares, conversaciones nocturnas y música popular que todavía forma parte de la vida cotidiana. En barrios como ese, la música no aparece únicamente para el visitante; forma parte de la manera en que la comunidad se relaciona, celebra y recuerda.
Quizá por eso vale la pena volver la mirada -y también el oído- hacia los barrios históricos de Puebla. Porque todavía existen espacios donde sobreviven formas de convivencia, memorias colectivas y paisajes sonoros que resisten a la homogeneización de las ciudades contemporáneas. En tiempos donde muchas urbes parecen avanzar hacia una identidad cada vez más uniforme, conservar la esencia de los barrios no debería entenderse como un ejercicio de nostalgia, sino como una forma de preservar aquello que todavía produce comunidad, pertenencia y arraigo.
Después de todo, el patrimonio más importante de una ciudad no siempre es el que aparece en las postales, sino el que todavía logra hacerla sentir viva.
Ana Martha Hernández Castillo
Historiadora del arte y doctora en estudios históricos. Docente e investigadora de temas culturales y artísticos de la ciudad de Puebla. Gestora de proyectos culturales en el ámbito público y privado

