viernes, octubre 23, 2026

México se independizó…sus imágenes no

Las independencias políticas pueden proclamarse en un día; las independencias culturales necesitan mucho más tiempo. Cuando terminó el dominio español, los artistas que trabajaban en México no dejaron de pintar, esculpir o dorar como habían aprendido;  esta tradición no desapareció a la mañana siguiente a la entrada del Ejército Trigarante.

El mes de septiembre en México tiene una estética propia; basta caminar por cualquier ciudad mexicana durante estos días para comprobarlo: aparecen banderas en los balcones, águilas en los edificios públicos, luces verdes, blancas y rojas, campanas, retratos de Hidalgo y Morelos y toda una escenografía que nos anuncia, aun antes de mirar el calendario, que ha llegado el mes de la patria.

Estamos tan acostumbrados a estas imágenes que pocas veces nos preguntamos de dónde vienen. Parecería que México nació en 1821 acompañado de su propio repertorio visual, como si al consumarse la Independencia hubiéramos guardado en un cajón las imágenes novohispanas y comenzado inmediatamente a reproducir héroes y alegorías nacionales.

Pero no ocurrió así. Las independencias políticas pueden proclamarse en un día; las independencias culturales necesitan mucho más tiempo. Cuando terminó el dominio español, los artistas que trabajaban en México no dejaron de pintar, esculpir o dorar como habían aprendido;  esta tradición no desapareció a la mañana siguiente a la entrada del Ejército Trigarante. Tampoco desaparecieron las iglesias, los conventos, las devociones ni las imágenes religiosas que durante tres siglos habían articulado buena parte de la experiencia visual de la sociedad novohispana. El país cambió de nombre y de régimen político mucho más rápido de lo que cambió de aspecto.

Y quizá Puebla sea uno de los mejores lugares para comprenderlo. A principios del siglo XIX la ciudad poseía una tradición artística consolidada. Durante generaciones habían trabajado aquí pintores, escultores, ensambladores, doradores, arquitectos y ceramistas. Las iglesias estaban cubiertas de retablos, lienzos y esculturas; las casas conservaban objetos y mobiliario producidos dentro de una cultura visual que hoy llamamos novohispana. Nada de aquello dejó de existir porque México se convirtiera en una nación independiente.

Pero, por otro lado, la nación recién creada necesitaba algo más que leyes, instituciones y fronteras: necesitaba imaginarse a sí misma. Y para hacerlo necesitaba poner rostro a los héroes, representar los acontecimientos fundacionales, diseñar escudos, levantar monumentos y construir una memoria compartida. De esta manera, Hidalgo, Morelos, Guerrero e Iturbide dejaron de ser únicamente personajes históricos para convertirse también en personajes visuales.

La cultura visual realizó entonces una tarea extraordinariamente poderosa: transformar la historia en memoria conpartida. México necesitaba representarse, y comenzó a reunir símbolos procedentes de mundos aparentemente contradictorios: el águila de tradición mexica convivió con formas heráldicas europeas; la muy novohispana Virgen de Guadalupe siguió funcionando como uno de los grandes referentes identitarios; las alegorías de la nación recurrieron al lenguaje clásico, mientras los héroes insurgentes comenzaron a ocupar el lugar reservado anteriormente a otras figuras ejemplares, como los santos. No se sustituyó simplemente un universo visual por otro. Se reutilizó, se transformó y, en ocasiones, se disfrazó.

Ahí está quizá uno de los aspectos más fascinantes del arte mexicano del siglo XIX: la nueva nación fue representada muchas veces con herramientas visuales heredadas del mundo del que acababa de independizarse.

Los pintores sabían representar autoridad, virtud, sacrificio, gloria y martirio porque llevaban siglos haciéndolo; sólo cambiaron los personajes y los contextos, pero buena parte de la gramática visual permaneció. Incluso algunas imágenes religiosas pudieron adquirir nuevas lecturas políticas. La Virgen de Guadalupe, utilizada como emblema por los insurgentes, es el ejemplo más evidente de que los símbolos rara vez pertenecen exclusivamente a una época. Las sociedades los heredan, los reinterpretan y los vuelven a poner en circulación con significados distintos.

Por eso resulta engañoso imaginar la Independencia como una frontera perfectamente trazada entre dos mundos. En los libros necesitamos fechas porque nos ayudan a ordenar los acontecimientos; pero la cultura visual no suele obedecer calendarios con tanta disciplina. En las paredes de las iglesias, en los talleres de los artistas, en los objetos domésticos y en las imágenes que continuaban circulando, la Nueva España sobrevivió durante mucho tiempo dentro del México independiente. Quizá incluso sobreviva todavía.

Cada septiembre cubrimos nuestras ciudades con una iconografía que creemos ancestral, aunque buena parte de ella fue construida, seleccionada y transformada durante los siglos XIX y XX. Repetimos rostros de héroes que nunca conocimos, reproducimos escenas que ningún fotógrafo registró y decoramos los espacios públicos con símbolos cuya historia suele ser mucho más compleja que la versión que aprendimos en la escuela.

Y no hay nada malo en ello. Las naciones también se construyen con imágenes. Tal vez por eso, cuando en el mes de septiembre volvemos a encontrarnos con banderas, águilas, héroes y luces tricolores, vale la pena mirarlas de otra manera.

Porque México no nació con una estética completamente nueva el día que consiguió su independencia, tuvo que inventarla; y para hacerlo utilizó inevitablemente los colores, las formas, los símbolos y hasta las manos de los artistas del mundo que acababa de dejar atrás.

Ana Martha Hernández Castillo
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Historiadora del arte y doctora en estudios históricos. Docente e investigadora de temas culturales y artísticos de la ciudad de Puebla. Gestora de proyectos culturales en el ámbito público y privado

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