lunes, febrero 2, 2026

Cuando arde el patrimonio: la puerta de la Catedral y la cultura de la omisión

La imagen de una puerta de la Catedral de Puebla ennegrecida por el fuego no es solo la huella material de un acto violento o imprudente, es el síntoma de la relación frágil entre la ciudad y su patrimonio.

Lo ocurrido en la Catedral de Puebla el pasado fin de semana no es un episodio excepcional si se observa en un contexto global; la historia reciente ha mostrado cómo el patrimonio de una nación puede perderse en cuestión de horas: los incendios del Museo Nacional de Brasil en 2018; de la catedral de Notre Dame en París en 2019 o el de la Mezquita-Catedral de Córdoba, España el año pasado, evidenciaron que ni los monumentos más vigilados están a salvo del descuido y que el daño al patrimonio no comienza con la catástrofe, sino con la normalización de la omisión.

La imagen de una puerta de la Catedral de Puebla ennegrecida por el fuego no es solo la huella material de un acto violento o imprudente, es el síntoma de la relación frágil entre la ciudad y su patrimonio: el patrimonio no se pierde de golpe, se desgasta cuando se asume que siempre estará ahí, intacto, esperando que alguien más lo cuide.

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La Catedral, uno de los edificios más emblemáticos y símbolo identitario de Puebla, no es únicamente un recinto religioso; es un espacio histórico, artístico y urbano que condensa siglos de memoria colectiva. Sus puertas -como ocurre en muchos templos históricos- no son simples accesos funcionales, son piezas patrimoniales en sí mismas con una carga simbólica profunda; funcionan como umbral entre lo profano y lo sagrado, pero también entre el pasado y el presente. Cuando una puerta histórica se quema, no solo se pierde materia, se rompe una continuidad cultural que nos obliga a mirar más allá del hecho inmediato y preguntarnos cómo llegamos ahí… y cómo pudo evitarse.

El incendio -más allá de si fue consecuencia del acto de un hombre obnubilado por el alcohol- revela una cadena de descuidos y omisiones. En primer lugar, la falta de protocolos claros y visibles de protección del patrimonio en espacios públicos altamente simbólicos: la Catedral se encuentra en el corazón del Centro Histórico, un espacio vivo, político, social y constantemente intervenido, por lo que, precisamente, requiere estrategias especiales de prevención, vigilancia y mediación.

En muchas ciudades patrimoniales del mundo, los accesos históricos ubicados en áreas sensibles en contextos de alta concentración social se protegen temporalmente mediante barreras discretas, presencia de elementos de seguridad especializada y uso de materiales ignífugos reversibles a manera de prevención. No se trata de blindar el patrimonio como un objeto muerto, sino de reconocer su vulnerabilidad y protegerlo ante peligros latentes.

En el caso de la Catedral de Puebla, también fue clave la ausencia de una cultura compartida de corresponsabilidad patrimonial. Cuando el patrimonio se percibe como algo ajeno -propiedad de la Iglesia, del Estado o de “las autoridades”- se pierde la noción de cuidado colectivo. Darle prioridad a la integración de la educación patrimonial y la formación de públicos en las políticas públicas culturales poblanas sigue siendo una deuda pendiente: entender que dañar una puerta histórica es dañar la historia común, independientemente de las causas o las consignas del momento, es necesario para fortalecer la relación de la sociedad con su patrimonio.

Otro punto crítico es la carencia institucional de una cultura de la prevención. La protección del patrimonio no puede reducirse a la programación de actividades culturales para propiciar la ocupación simbólica de los espacios históricos. Tan importante como organizar conciertos, exposiciones o festivales es detectar, anticipar y gestionar los riesgos que amenazan a los bienes patrimoniales. Las autoridades culturales y civiles tienen la obligación de leer el territorio, evaluar escenarios de conflicto, prever peligros latentes y establecer protocolos específicos para edificios históricos vulnerables. Cuando la política cultural se queda solo en la celebración y descuida la prevención, el patrimonio deja de ser un legado vivo para convertirse en un recurso expuesto, susceptible al accidente, al descuido o a la improvisación. La detección temprana de riesgos no es un lujo técnico: es una condición mínima para que el patrimonio no termine pagando el costo de la omisión.

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El episodio en la Catedral de Puebla obliga a repensar el uso del espacio simbólico. La Catedral -como otros monumentos históricos- es escenario de expresión social, ritual y cultural. Negar esa dimensión sería ingenuo. Pero permitir que estas expresiones se desarrollen sin reglas mínimas de protección es igualmente irresponsable. El reto está en conciliar el derecho al acceso a la cultura con el derecho a la preservación del patrimonio, entendiendo que ambos forman parte de la vida democrática y cultural de la ciudad.

Ojalá que la puerta quemada de la Catedral no quede sólo como una anécdota o una nota roja patrimonial. Debería convertirse en un punto de inflexión y reflexión: un llamado a fortalecer protocolos, educar en patrimonio, asumir responsabilidades y recordar que las ciudades históricas no se conservan solas. El fuego que la dañó fue visible y momentáneo; el que realmente amenaza al patrimonio es el de la indiferencia cotidiana.

Ana Martha Hernández Castillo
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Historiadora del arte y doctora en estudios históricos. Docente e investigadora de temas culturales y artísticos de la ciudad de Puebla. Gestora de proyectos culturales en el ámbito público y privado

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