jueves, enero 15, 2026

Capital cultural: entre el discurso y la realidad

La cultura, para existir plenamente, necesita ser experimentada; y para ser experimentada, necesita llegar a las personas; así, la vida cultural de la ciudad está llena de eventos… pero vacía de público.

En los últimos meses, los informes oficiales y estadísticas de consumo cultural han repetido una frase con insistencia: Puebla es la capital cultural del estado. La afirmación no nace de la nada. Basta recorrer el Centro Histórico cualquier fin de semana para encontrar conciertos, conferencias, talleres, funciones de teatro y actividades en espacios expositivos; festivales gastronómicos, recorridos guiados … una agenda cultural aparentemente inagotable.

Paradójicamente, esa abundancia no se traduce en participación ciudadana ni en impacto real. La cultura, para existir plenamente, necesita ser experimentada; y para ser experimentada, necesita llegar a las personas; así, la vida cultural de la ciudad está llena de eventos… pero vacía de público. El problema, entonces, no es la falta de oferta; sino la incapacidad de hacerla significativa. Así, surge una pregunta inevitable: ¿ser capital cultural es una realidad medible o una etiqueta motivacional que todavía está en construcción?

La cultura no se mide sólo en eventos, sino en impacto. La cultura no se democratiza llenando calendarios, sino creando identidades compartidas. Y ahí reside la tensión. Mientras la actividad se concentra en el Centro Histórico, la vida cultural en la periferia y las Juntas Auxiliares continúa siendo intermitente, y en algunos casos, inexistente. La comunidad artística local continúa denunciando la falta de oportunidades, de una remuneración justa y la ausencia de mecanismos transparentes para participar en convocatorias y programas.

A estos problemas se suma la falta de una estrategia de difusión efectiva. Buena parte de las actividades se anuncian únicamente en redes sociales personales o en páginas con muy poco alcance; el resultado es que quienes más podrían beneficiarse, nunca se enteran. No existe una plataforma unificada que articule la agenda cultural y muchas instituciones operan como islas sin comunicación entre sí; de esta manera, se diluye el potencial cultural, educativo, turístico y comunitario de cada proyecto. En una ciudad con más de un millón y medio de habitantes, llevar a cabo actividades culturales para unos cuantos espectadores no debería ser aceptable ni normalizado. Surge así la pregunta, las instituciones culturales ¿están llevando la cultura a la ciudadanía o simplemente están esperando que la ciudadanía vaya por ella?

Por otro lado, la mala organización de las actividades es otra problemática recurrente: programaciones que cambian a última hora, eventos sin puntualidad, actividades que se empalman entre sí, espacios que improvisan más de lo que gestionan. Puebla ha normalizado la cultura de las prisas: iniciativas anunciadas para “salir del paso” y no para construir procesos sólidos. El resultado es inevitable: actividades que nacen efímeras y mueren irrelevantes.

Esto no significa que no haya avances. Puebla sí está en proceso de consolidar un ecosistema cultural más activo que hace un par de décadas, pero lo que aún está en proceso es la construcción de una política cultural integral que atienda a creadores, mediadores, gestores, público escolar, familias y barrios populares. Una capital cultural auténtica no solo produce espectáculos, sino transformación social.

El desafío no es menor: sostener la actividad, descentralizarla, remunerarla justamente y, sobre todo, hacer que la cultura deje de ser un privilegio del centro para convertirse en un derecho en toda la ciudad. Puebla tiene potencial, tiene talento, espacios, historia, instituciones y creadores dispuestos,  lo que falta no es producción sino visión. El reto para las instituciones culturales no radica en hacer más eventos sino en hacerlos mejor: planearlos, articularlos, calendarizarlos con inteligencia, abrirlos a la ciudad y comunicarlos con creatividad. La participación del público no es un accidente; es el resultado de una estrategia; y lo que falta no es voluntad, sino, justamente, estrategia.

Mientras la oferta cultural no se traduzca en experiencia social, la ciudad seguirá viviendo con un calendario lleno y auditorios vacíos, una paradoja dolorosa para una urbe que aspira a ser referente cultural. La cultura solo se consolida cuando nos convoca, nos transforma y nos incluye. En este contexto, tal vez la pregunta real no sea si Puebla ya es la capital cultural, sino qué estamos dispuestos a hacer para que lo sea realmente, no sólo en el discurso.

Ana Martha Hernández Castillo
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Historiadora del arte y doctora en estudios históricos. Docente e investigadora de temas culturales y artísticos de la ciudad de Puebla. Gestora de proyectos culturales en el ámbito público y privado

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