Actualmente, se hace cada vez más evidente que el turismo cultural en nuestra ciudad sigue un patrón de consumo repetitivo: las mismas imágenes: las mismas cúpulas, las mismas calles, los mismos templos convertidos en postal. Es un turismo que no descubre, sino que confirma lo que ya sabía que iba a ver. Mientras ciertos lugares patrimoniales se saturan de cámaras y pasos, otros -igual de deslumbrantes- permanecen fuera del mapa … no por falta de valor, sino por falta de mirada.
Y es precisamente en las expresiones barrocas de nuestra ciudad donde esta omisión se vuelve más evidente. Porque si algo define al barroco poblano es su capacidad de multiplicarse, de habitar no sólo los grandes templos sino también los márgenes, los pueblos, los trayectos menos transitados. Por eso, entender el barroco en Puebla implica salir de la ruta oficial y reconocer que su riqueza no está concentrada, sino dispersa en lugares donde el barroco más intenso, más poblano, parece haberse guardado para quien está dispuesto a desviarse del camino.
Es en este contexto donde debemos mencionar casos como la iglesia de Santa Isabel Tepetzala y el templo de Santa María de la Natividad en Tochtepec, dos joyas adultas del barroco poblano que no buscan deslumbrar a primera vista, sino seducir lentamente;donde el barroco deja de ser espectáculo para convertirse en experiencia; como lo hacen las obras que han sobrevivido al tiempo sin necesidad de espectáculo.
En Santa Isabel Tepetzala, el barroco alcanza una de sus expresiones más finas y, paradójicamente, menos difundidas. El templo, cuya fábrica actual se consolidó a lo largo del siglo XVIII -con intervenciones significativas hacia la segunda mitad de la centuria-resguarda un conjunto de retablos barrocos dorados en donde las columnas salomónicas yestípites dialogan con una yesería casi textil, donde las hojarascas, roleos y rostros angélicos parecen desmaterializarse en una monumental filigrana.

Lejos de la grandilocuencia de los grandes santuarios urbanos, aquí el oro no abruma: envuelve. Cada calle, cada columna y cada motivo ornamental construyen un discurso visual profundamente articulado, en el que la tradición novohispana madura se percibe en su dominio técnico y en su capacidad de generar una experiencia íntima, casi introspectiva, del espacio sacro.

Esa experiencia se intensifica desde el primer gesto arquitectónico: la fachada. Sobria, casi contenida, sin la exuberancia que uno esperaría de un templo barroco, funciona como un umbral engañoso. Nada en su exterior anticipa la riqueza que resguarda. Y es precisamente ahí donde ocurre el quiebre: al cruzar la puerta, el visitante pasa de la mesura a la saturación, de la piedra desnuda al oro vibrante. El efecto no es casual, es profundamente barroco: la sorpresa como recurso, el contraste como estrategia, la revelación como experiencia. Porque en Tepetzala, más que mostrarse desde fuera, el barroco se reserva el derecho de aparecer sólo ante quien decide entrar.
Por su parte, el templo de Santa María de la Natividad en Tochtepec, despliega otra faceta en donde el barroco se manifiesta como persistencia. Es un espacio donde la estética barroca se ha mantenido viva -no fue reemplazada del todo por los nuevos gustos, sino adaptada, reinterpretada, sostenida por la comunidad-. Es un barroco vivido, sostenido por el uso, por la devoción y por la continuidad comunitaria. No es un barroco congelado: es un barroco habitado.
Más allá de sus retablos, la experiencia barroca se desplaza hacia un registro más pictórico y, si se quiere, más íntimo. Es en el baptisterio donde se concentra una de sus mayores riquezas: un conjunto de pinturas del célebre pintor poblano José Joaquín Magón que envuelven el espacio con una narrativa visual cargada de simbolismo y pedagogía religiosa.
No son imágenes aisladas, sino un programa que dialoga con los sacrametos, en donde el rito del bautismo juega un papel preponderante: el agua, la purificación y el renacimiento adquieren forma en escenas de profunda expresividad. Aquí, el barroco no sólo se talla o se dora: se pinta, se cuenta, se interioriza. El resultado es un espacio que no busca imponerse, sino acompañar, casi en silencio, uno de los momentos más significativos de la vida ritual.
Estas iglesias no son “destinos” en el sentido convencional. No hay filas, ni guías con micrófono, ni señaléticas que expliquen lo evidente. Y sin embargo -o precisamente por eso- ofrecen una experiencia más profunda: la de descubrir el patrimonio sin intermediarios.
Hablar de ellas como “joyas ocultas” es tentador, pero también injusto. No están ocultas: están ahí, en el territorio, esperando otra forma de mirar. Quizá el verdadero problema no es su invisibilidad, sino nuestra insistencia en buscar siempre lo espectacular.
En tiempos donde el turismo cultural tiende a concentrarse en unos cuantos íconos, Santa Isabel Tepetzala y Tochtepec nos recuerdan que el barroco poblano no es un estilo: es un paisaje. Y como todo paisaje, sólo se revela por completo a quien decide recorrerlo.
Ana Martha Hernández Castillo
Historiadora del arte y doctora en estudios históricos. Docente e investigadora de temas culturales y artísticos de la ciudad de Puebla. Gestora de proyectos culturales en el ámbito público y privado

